Dos cuerpos agotados y pegajosos tirados en la cama una tarde de julio. Él abre un poco los ojos para contemplarla desnuda de nuevo. Unas curvas que siempre le vuelven loco. Si ahora ella decidiese empezar de nuevo el juego, él la seguiría encantado. Es verano y llevan así desde finales de invierno. El mejor momento para pasarse la tarde haciendo el amor. Es tan fácil quitarse la ropa, y tan placentero sudar de pasión. Dos animales empapados de lujuria. Momentos de éxtasis del primero beso a la última caricia. Ella está cansada pero aún tiene hambre, él tiene ganas pero debe irse. Lo deja pasar, ya ha cumplido por hoy. Y si ella dice algo, mañana será mejor. Aún recuerda los gemidos de hace media hora. Y los de hace tres meses.
Todo se resume a saber qué botón tocar.
Se sentiría mal si no se corrieran los dos. Una amiga más joven le había contado que los chavales más jóvenes ya no piensan en eso, sólo tienen en cuenta metérsela y correrse a los cuatro minutos. No saben lo que son las mujeres. Ellas necesitan más, son más complejas. Hay que amar el cuerpo de una mujer. Es una obra de arte. Y a las obras de arte hay que tratarlas como tal.
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